La
globalización no es una ideología, ni una teoría
política sino una evolución económica. La promoción
de la liberalización del comercio y la globalización beneficia
a nuestros países.
Pero no
podemos alimentar a la población del futuro con la agricultura
del presente. En estos tiempos, nos encontramos bombardeados por términos
reiterativos: biotecnología, OMC, multi-funcionalidad, ingeniería
genética, sanciones unilaterales, políticas cerradas,
productos con valor agregado, la lista sigue y sigue. Además,
nos ahogamos en datos, pero carecemos de información útil.
Nos enfrentamos
a un mundo con expectativas muy superiores a las que tenía hace
20 años: un mundo con más personas, más dinero,
más oportunidades en el mercado, más adelantos tecnológicos
y, por suerte para nosotros, mayor demanda para nuestro producto: la
carne vacuna. De hecho, nuestra industria cambia con la misma celeridad
que nuestra imaginación. ¿Qué hacemos? ¿Cómo
respondemos a la necesidad de MÁS PRODUCTOS, mientras nos ocupamos
del significado de esos términos repetidos una y otra vez?
Algunas
de las respuestas consisten en reconocer que tenemos una economía
mundial en expansión y cambiante. Debemos comprender las demandas
del mercado. Tenemos que aceptar los adelantos tecnológicos innovadores.
Debemos destruir las barreras que obstaculizan un mercado global competitivo
y equilibrar la plataforma comercial.
Un mundo
cambiante
Hay 6 billones
de personas en el mundo hoy y se espera que la cifra se duplique dentro
de los próximos 50 años. Esto significa que cada año
nacen 120 millones de consumidores potenciales de carne.
Sin embargo,
no es solamente el crecimiento de la población lo que nos proporciona
más oportunidades en los mercados. Las dietas se están
haciendo más occidentales, lo cual implica que la gente elige
más proteínas. Y el aumento de los ingresos y del nivel
de vida en muchos países está produciendo cambios en el
estilo de vida de las personas. En este momento, una quinta parte de
los 6 billones de personas que habitan el mundo gozan de ingresos per
cápita superiores a los U$S 20.000 anuales. Conforman el 85%
de la economía mundial. Otras tres quintas partes de la población
mundial luchan por convertirse en una clase media global, mientras que
la quinta parte inferior apenas si tiene suficiente comida.
Ahora bien,
los estudios han demostrado que una de las primeras cosas que hace la
gente cuando cuenta con algo de dinero extra es mejorar su dieta con
más proteínas, productos lácteos y verduras. Los
economistas nos dicen que la correlación entre el consumo de
carne y la disponibilidad de dinero resulta más evidente en aquellos
sectores con un ingreso personal que se ubica ente los U$S 1.000 y U$S
5.000 por año. A mayores ingresos, mayor consumo de granos, carne
y verduras. Ya podemos observar esta tendencia. Los japoneses, por ejemplo,
consideran que el consumo de carne es sinónimo de un estilo de
vida elevado. Para ellos, comer carne es algo a lo cual se debe aspirar.
En Taiwan, el crecimiento económico acelerado producido ente
1960 y 1990 provocó una disminución del 50% en el consumo
de arroz, mientras el consumo de carne se cuadriplicó.
La demanda
de carne vacuna en los países en desarrollo ha aumentado entre
el 7 y el 8% en los tres últimos años.
A nivel
mundial, la producción de carne no puede satisfacer el consumo.
El aumento promedio de la producción desde 1995 es del 13%, mientras
el consumo subió a un ritmo anual mayor, 17%, en el mismo período.
Los mercados
de carne de pollo y cerdo también están en pleno crecimiento.
Durante un lapso de ocho años, 1990-1998, la producción
de carne vacuna aumentó, pero logró captar apenas el 10%
de los nuevos compradores de carnes. La competencia, especialmente el
pollo, captó el 90% restante.
Demandas
del mercado
Los consumidores
actuales se interesan por aspectos tales como la terneza, el color,
la incidencia en la salud y la sanidad de la carne. Y quieren una comida
ya preparada, no un producto genérico. El tema central es el
juicio de valor que emite el consumidor y eso depende en gran medida
de su percepción de la calidad y la satisfacción al comer
el producto. En síntesis, quiere que sea fresca, sana, segura
y lo quiere ya.
Trabajar
con nichos de mercado y las nuevas tecnologías puede contribuir
a satisfacer estas cuatro demandas del consumidor. Programas tales como
la «Carne Hereford Certificada» brindan al consumidor la
posibilidad de saber exactamente qué tipo de carne le sirven
en el plato. Y el mejoramiento genético de ciertos rasgos en
un producto es un progreso en la evolución del proceso que venimos
cumpliendo desde hace muchos años: encontrar caminos para lograr
que nuestro producto sea mejor desde un punto de vista eco-eficiente.
La manipulación genética nos permite sembrar granos más
resistentes a la sequía y con menor necesidad de pesticidas,
y granos que dan mayores cosechas sin requerir más tierra. Podemos
incorporar proteínas y vitaminas a la dieta para mejorar la nutrición
y combatir el hambre. Podemos extender la vida del producto en el estante
y envasar un trozo de carne con verduras y frutas para convertirlo en
un plato completo, listo para el consumo.
Sin embargo,
parecería que cada paso hacia delante en la tecnología
moderna de alimentos ha sido acogido con muchas y poderosas barreras
comerciales. En lugar de interpretar el mejoramiento genético
como un arma potencial en la lucha mundial contra el hambre, la desnutrición
y la provisión de alimentos, algunos países han optado
por convertir a la "biotecnología" en un obstáculo contra
el libre comercio. La prohibición de la Unión Europea
que impide el ingreso de carne con promotores hormonales del crecimiento
se ubica en la misma línea.
Consideramos
que los impedimentos en la aceptación de productos se deben fundamentar
sobre descubrimientos científicos, no sobre temores infundados
o proteccionismo. Debemos aprovechar las posibilidades que ofrece la
tecnología en la alimentación de una población
mundial en crecimiento usando menos tierras, menos agua y menos productos
químicos.
Este tipo
de barreras impiden la globalización del comercio, y el sistema
de comercio abierto es la clave para elevar el nivel de vida de millones
de familias y construir un mundo más seguro sobre la base de
la confianza y la interdependencia.
Es a partir
de estos conceptos que les sugiero que debemos avanzar en el uso de
las nuevas tecnologías en lugar de retroceder y levantar barreras.
Este es uno de los desafíos más importantes que nos esperan.
Las
barreras globales contra el libre comercio
Se nos
informa que el 90% de la carne que se produce en el mundo se consume
en el país de origen y solamente un 10% se comercializa a nivel
internacional. Las barreras contra el comercio agrícola son 10
veces mayores que las tarifas industriales comunes. Esto no hace sino
subrayar la necesidad de equilibrar la plataforma de pagos.
Se ha calculado
que el proteccionismo comercial cuesta 250 billones de dólares
anuales a los países desarrollados. De modo que los datos indican
que el libre comercio significaría una vida mejor para las familias
en todo el mundo. Pero ¿qué seguridad pueden tener esas
familias de que cuando su país abra las puertas al comercio,
esos productos estarán a su disposición mañana
y pasado mañana?
A modo
de conclusión, quisiera pedir prestada una frase de Libanio,
un filósofo griego que comprendió el valor del comercio
en el siglo IV antes de nuestra era: "Dios no derramó todos los
productos en todos los rincones de la tierra, sino que distribuyó
sus dones sobre distintas regiones, a fin de que los hombres pudieran
cultivar una relación social porque cada cual necesitaría
la ayuda de los demás. Y así, creó el comercio,
para que todos los hombres pudieran gozar de los frutos de la tierra,
independientemente de dónde se producen"
Extraído
del XIII Congreso Mundial Hereford
Buenos Aires, Marzo de 2000.